SI LARRA LEVANTARA LA CABEZA

                                                            Por Juanjo Mardones. Tenor del Coro de la APM

 

Los hombres del tiempo ya habían anunciado la llegada del anticiclón, así que, cuando me desperté, no me extrañó demasiado aquel día tan diáfano. El cielo aparecía luminoso y vitalista, ajeno por completo a las lúgubres coordenadas en las que deberíamos desempeñarnos aquella jornada. Mientras me afeitaba no podía dejar de pensar en lo imprevisible de la vida, en las potenciales sorpresas que anidan en cada amanecer; porque nunca hubiera podido imaginar que me iba a ver envuelto en una peripecia como aquella: una mañana de viernes y trece en la que teníamos que acudir a cantar, vestidos de riguroso negro, al cementerio de San Justo.

Como Coro de la Asociación de la Prensa habíamos sido invitados para interpretar una habanera sobre la tumba de nuestro maestro, Mariano José de Larra, que celebraba –si es que se le puede llamar así, que me parece que no- su doscientos aniversario. Bueno, esto, la verdad, no estaba nada claro, porque Larra murió un 13 de febrero, pero había nacido un 24 de marzo. O sea, que conmemorábamos el segundo centenario de su nacimiento en la fecha de su muerte. Un lío. Yo no acababa de entenderlo, pero tampoco puede uno pretender comprenderlo todo.

 

Y a esas alturas de la mañana yo continuaba sin saber la relación entre “La paloma” y Larra, pero así venían las cosas y no me atrevía a preguntar demasiado".

 

 

Mientras desayunaba, comencé a hojear el periódico en busca de alguna noticia de esperanza, o mejor, esperanzadora, y me tropecé con Obama que en la foto de portada saludaba sonriente a un fantasmagórico Abraham Lincoln. No pude evitar acordarme de su toma de posesión, de la fortuna que tuvieron mis compañeros del Coro en la extinción de aquel primer incendio, en su actuación televisiva para el programa del Gran Wyoming, porque ellos, al menos, actuaron disfrazados.

No obstante, dio la impresión de que el día empezaba a entonarse cuando Juanma, mi compañero de cuerda, se ofreció a llevarme en su coche a la Sacramental. Salimos con mucha antelación, porque ya es sabido que la incertidumbre existencial puede manifestarse en cuestiones tan prosaicas como el tráfico. Y así fue, pues el caos circulatorio comenzó a zarandearnos de aquí para allá por un laberinto de calles imposibles que no auguraba nada bueno. Tratamos de tranquilizarnos con el argumento de que disponíamos de una renta de tiempo a prueba de cualquier contingencia; aunque por si acaso, para aprovechar el viaje, comenzamos a repasar sobre la marcha e tema a interpretar.

Nos sentíamos muy responsabilizados ante aquella oportunidad que  nos brindaba la partitura de cantar al unísono con los bajos, en un momento en el que parecían pintar bastos sobre la cuerda de los tenores. “Si no fui yo, fui yo” repetíamos una y otra vez tratando de desentrañar “Que allá voy, que allá voy yo” el profundo significado del tema. La riada automovilística nos había arrastrado hasta el barrio de La Latina, cosmopolita y multirracial, así que cerramos bien las ventanillas porque estábamos afinando la frases finales “Ay chinita que sí, ay que dame tu amor” y no era cosa de provocar incidentes innecesarios con la colonia asiática. A la altura del puente de Segovia abordamos la última frase de “La paloma”, y una eternidad después, cuando conseguimos colocar la blanca final en su sitio, entrábamos por la puerta de la Sacramental, la más literaria de las necrópolis madrileñas

 A pesar de todo, habíamos llegado con media hora de anticipación. Nos dedicamos entonces a lo que en el argot televisivo se llamaría “localizar exteriores”, es decir, buscar el escenario, la tumba de Larra, donde supuestamente íbamos a actuar. Tras sortear un largo y enrevesado camino, saltando de sepultura en sepultura, llegamos al Panteón Ilustre de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, donde reposan los restos del periodista madrileño. Nada, allí no había nadie del Coro, así que decidimos volver sobre nuestros pasos en busca del incierto punto de encuentro.

Tras bajar una larga cuesta llegamos otra vez a la puerta de entrada. Allí tampoco había nadie, pero un motorista de casco rojo se ofreció a subirnos de nuevo a la parte alta del cementerio. Yo no sabía quien era aquel señor que desde el anonimato del casco nos contaba que algunos miembros del Coro ya estaban arriba; no sabía quien era pero le hablé como si fuera un amigo de toda la vida. Si la jornada estaba llamada a desarrollarse en clave surrealista había que aceptar aquellas apariciones con naturalidad, me dije. Luego me contaron que era el marido de Mari Ángeles Calahorra –nuestra directora- que, de forma generosa, había montado un “puente motero” para agrupar a los coralistas rezagados.

Nosotros disponíamos de coche así que subimos de nuevo la cuesta en busca del resto del grupo. Encontrarles no era una empresa fácil, pero las suaves notas de una habanera nos pusieron sobre la pista. Y efectivamente, allí estaban, refugiados en un discreto rincón tratando de hacer un último ensayo ante la inminencia de la actuación. Las notas eran dulces pero poco consistentes, en realidad sólo había media docena de coralistas. El rostro de Mari Ángeles, nuestro espejo

 

musical, no reflejaba nada bueno, pero sacando fuerzas de flaqueza consiguió arrancarnos un pase completo de la obra.
 

Sólo faltaban diez minutos para el comienzo del acto y Daniel seguía sin aparecer; pero, como en las películas de suspense, Daniel llegó cuando Mari Ángeles estaba a punto de inmolarse por la causa. Ya era muy tarde y no quedaba tiempo para más ensayos, pues aún había que recorrer una cierta distancia hasta llegar al Panteón, así que nos pusimos en marcha.

A pesar del intrincado recorrido, entre las tumbas de nuestras glorias escénicas y literarias, alcanzamos la meta sin perder ningún efectivo en el apresurado trayecto. Ya estábamos allí, todos juntos, aferrados a nuestras partituras dispuestos a cumplir la noble misión que se nos había encomendado.  Y a esas alturas de la mañana yo continuaba sin saber la relación entre “La paloma” y Larra, pero así venían las cosas y no me atrevía a preguntar demasiado.

De una forma natural nos colocamos buscando instintivamente la mejor compañía, musical se entiende. Y fue entonces cuando nos enteramos de que nuestra actuación estaba programada como final del acto. Un acto que se iniciaba con una ofrenda de flores, antes de dar paso a la lectura de poemas y a los inevitables discursos. En ese tiempo de obligada espera observé el vestuario del elenco coral femenino, impecable como siempre; mientras que en los chicos –bueno, sí, diremos los chicos- parece que no había tanta uniformidad.

El instante se acercaba inexorable, y el presentador del acto, Alfredo Amestoy, terminó por anunciar que había llegado el momento de deleitarse escuchando al Coro de la Asociación de la Prensa. Los asistentes al homenaje, agrupados en torno a la tumba de Larra, giraron en redondo y quedamos frente a frente. Ellos eran más, pero no nos arredramos. Mari Ángeles, armada de su diapasón, dio los tonos de rigor y atacamos la pieza. Lo de atacar es una forma de decir y máxime tratándose de “La paloma” símbolo pacifista donde los haya.

 

 

Las notas de Sebastián Iradier comenzaron a inundar el aire del camposanto; bueno, si no eran las que escribió Iradier eran muy similares. A mí me parecía que la cosa iba bien, pero no podía mirar mucho a Mari Ángeles para corroborarlo porque tenía la letra cogida con alfileres “Si no fui yo, fui yo, que allá voy, que allá voy yo” y no me podía distraer. Y así, poco a poco, casi sin darnos cuenta llegamos al punto conflictivo, una frase sencilla pero que se mostraba esquiva en su entonación. “Que viene, que viene” pensaba yo, y claro, llegó. Y qué queréis que os diga, que no, que no salía; pero os prometo que me callé; me dije: por lo menos no hacer mal a nadie.

Pasado aquel momento crítico el resto de la partitura era de gozosa ejecución, bueno, mejor decir interpretación, porque, por vez primera, cantábamos llamándole al pan pan y al vino vino; es decir cantábamos lo de “Ay que vente conmigo chinita” como lo habíamos cantado toda la vida; como cantábamos “Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará”, y no con los enredos en que nos veíamos metidos en el Coro donde nada era lo que parecía, donde todo lo cantábamos en raro.

Como ya quedaba muy poco para terminar, me atreví a mirar a Mari Ángeles y la verdad, muy buena cara no tenía, pensé, vamos, que lo de deleitarse que dijo el presentador no parecía reflejarse en el rostro de nuestra sufrida directora. Yo, quizá por una inevitable asociación con el “Ay chinita que sí”, pensé que a lo mejor pudiera tener alguna piedra en el zapato, o qué sé yo, alguna de esas molestias capaces de estropearnos el momento más lúdico, pero no pude llegar a ninguna conclusión porque atacamos, volvimos a atacar, la frase final “A donde vivo yoooooo” y una estruendosa ovación, bueno, quizá no tanto, puso la rúbrica adecuada a nuestra actuación.

No sé, quizá Amestoy había notado algo extraño en el ambiente porque tan pronto acabaron los aplausos, o sea, casi de inmediato, se aprestó a explicar la razón por la que habíamos cantado “La paloma”. Al parecer era porque su autor, Iradier, había sido coetáneo de Larra. Bueno, yo casi me alegré de que hubieran aprovechado esta correlación porque de haberlo hecho con Wagner, fallecido otro 13 de febrero, lo mismo nos ponen a cantar Tannhaüser, y eso ni metiendo horas extras con Chus se hubiera podido arreglar.

Mientras nos retirábamos, algo escuché a Mari Ángeles sobre la relatividad del tiempo. Yo pensaba que se refería al centenario de Larra, pero luego me pareció entender que la canción se le había hecho interminable. Y volví a pensar en que esa chinita no le había dejado disfrutar de nuestra actuación.

No sé qué pasó pero nos disolvimos como si saliéramos de un entierro. Pero bueno, el cielo seguía estando azul y una bandada de aves migratorias cruzó hacia el norte anunciándonos que pronto llegaría la primavera.

                                                               14-2-09

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