“  UNA TARDE EN LA RESIDENCIA       

                                                  Por Luis Peiro. Tenor del Coro de la APM

 

 

 

“¿Para qué?”. Al ritmo de dos por cuatro bajos y tenores cantaban los compases 25 y 26 de la obra recopilada por Juan del Águila (alias  J. Trayter) al tiempo que se preguntaban lo mismo, ¿para qué?, acerca del seguimiento de los tresillos  que había que afrontar en los compases siguientes. En la primera fila de los cantantes, a la derecha del todo, Chus, la soprano-profesora, miraba atenta a los díscolos intérpretes al tiempo que tiraba de su cuerda, “para ocultar el rostro de una mujer”. Simplemente con la mirada recordaba al elenco que estaban cantando una habanera y que una habanera sin las figuras musicales de los tresillos que marcaba la partitura –mira que lo tenía dicho-  es como un jardín sin flores. Había calor en el salón-cuarto de estar reconvertido en auditorio para la ocasión gracias a los buenos oficios del personal de la residencia Ballesol Parque Almansa dirigidos con entusiasmo, como siempre, por su directora, doña Beni Rodríguez. Los residentes, ya metidos en años, pero de muy buen ver, ocupaban todas  las sillas y sillones que se habían ordenado para la ocasión y aguantaban la temperatura sin la asistencia de abanicos, ni tan siquiera para corresponder al título de la canción con la que el Coro había iniciado el concierto. Las señoras sonreían con cierta malicia recordando aquellas coqueterías suyas de los años jóvenes cuando aquel utensilio, desplegado y a modo de cobertura, más que darle a ellas aire quitaba el resuello a más de un varón  inquieto por conocer el resultado de su cortejo. Aunque, cosas de la lírica, la habanera daba salida al lance diciendo que “a través de las varillas del abanico”, -y dale otra vez con los dichosos tresillos-, “veréis la mar”. Fin del cántico y aplausos del respetable. Gracias a las partituras  de Moreno Torroba y de Chueca fueron recuperando los caballeros de la sala su protagonismo, rememorando aquellos días de vino y rosas. Siguiendo el cántico de los coristas, requebraron a sus manolas con aquello de “…mirándola atenta, de frente, de espaldas o de perfil, no se encuentra en el orbe ninguna como ella ni con candil…” Por no decir de los castizos, recreados en la chulapería del “Me hace usté el favor, reina de Madrí…”, en un pianísimo que apenas lo hacía audible a las compañeras de asiento.

"Tanto quiebro y requiebro de amoríos buscados y nsiempre encontrados que escuchaba la distinguida audiencia subieron de tono con el duetto, “a lo Pimpinela”, majestuosamente interpretado por los dos maestros

Y todos juntos, ellas y ellos, aplaudieron a rabiar en reconocimiento a la mucha razón que asistía al presentador del evento cuando les avisó al inicio de la musicalidad, gracia y perfección de la que iban a disfrutar por la ejecución del chotis de “La Chulapona” por la pianista surcoreana Do Kyung Kim.

Tanto quiebro y requiebro de amoríos buscados y no siempre encontrados que escuchaba la distinguida audiencia subieron de tono con el duetto, “a lo Pimpinela”, majestuosamente interpretado por los dos maestros, nuestro director, el tenor Jae Sik, y nuestra profesora, Chus García Casado, “Cállate corazón”, de la Zarzuela Luisa Fernanda. Y otra vez victoria del elenco femenino pues él se retira, después de recibir unas sonoras calabazas, con vano consuelo: "me voy con la esperanza de que aún me quieres..."

Las palmas echaban humo. Como una magdalena arrancó en llanto silencioso una señora de la tercera fila del auditorio al escuchar los primeros acordes de “La Golondrina”, canción popular de su Méjico natal, porque como avanzaba la letra cantada por las voces de los periodistas  aficionados "oiré tu voz tierna golondrina, recordaré mi patria y lloraré...". Las emociones toda la tarde contenidas subieron de tono en   la primera fila al escuchar los compases iniciales de la habanera “Mi bella Lola”.

lDoña Gloria, que hasta entonces había asistido sonriente y complacida al concierto desde la primera fila, se llevó una grata sorpresa. También su hijo mayor, José Miguel, situado solo a unas sillas a su derecha. Era la habanera favorita de la familia desde que su hija, la pequeña, aún calcetinera y adolescente, la interpretara al acordeón ante todos. Fue uno de los primeros frutos de los estudios musicales que le habían inculcado sus padres a ella y a su hermano. Muchos años después, la hija pequeña, Gloria, ya madre y convertida en organizadora y alma del evento, interpretaba  de nuevo en su presencia la pieza recopilada por F. Grau, aunque esta vez acompañada por el Coro del que forma parte. Esta vez no prestó su voz a las contraltos, su cuerda,  pero ofreció su fantástica ejecución poniendo música a la preciosa canción marinera. Conscientes de la emotividad del momento los cantantes  entonaron con especial convicción el fortissimo final “…creí morir”, aunque no precisamente por el abrazo playero de la bella Lola del lindo talle que cuenta la canción. Artistas y residentes, sin saberlo, habíamos entrado en la intimidad de una familia que había ido forjando año tras año y con mimo su propia banda sonora. Para empezar, la matriarca, doña Gloria, fue así bautizada porque su nacimiento coincidió con el sonido de las campanas un 11 de abril, anunciando el domingo de Resurrección. La tradición musical siguió tras contraer nupcias y formar su familia. Su marido, don Vicente, ya fallecido, disfrutó mucho de la música durante toda su vida, especialmente cuando sus hijos, allá en Bilbao, donde vivían, estudiaban piano y acordeón. La melancolía de esta entrañable historia recorría todo el repertorio de las “Canciones para el recuerdo”, título que figuraba en el programa de mano. “Lejos de aquel instante, lejos de aquel lugar…” El zortziko de Pablo Sorozábal puso punto final al concierto y a las “canciones para recordar” que había reunido aquella tarde de abril a todos los residentes en su sala de estar. Más contenta que unas pascuas y con un ramo de flores primaverales en sus manos, doña Gloria no paraba de recibir besos y abrazos por doquier, rodeada por sus hijos, nietos, cuñada y sobrinos. Su hijo mayor, José Miguel, participaba feliz de la improvisada reunión familiar en la residencia.

--- Que nos sigamos viendo así de bien, decía la homenajeada.

--- Está usted como una rosa, señora, le decían.

En el otro extremo del salón, mientras los músicos recogían sus bártulos, un señor con el pelo aún más blanco que el de alguno de los coristas se acercaba sonriente y prudente. Algo no le encajaba del todo…

---  Me ha gustado mucho- le dijo a uno de los cantantes- pero a usted yo le he visto en la tele y me parece  que a esa chica de ahí, también.

--- Será de alguna tertulia en la que participamos

--- Pues eso…

Y el hombre se retiró pensativo intentando casar la disciplina de los pentagramas y la dulce melancolía de las habaneras con las estridencias habituales de las polémicas de los tertulianos. Difícil explicar alguna que otra de las peculiaridades de este Coro. Esto del cante hace milagros sin cuento.

 

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