SAN FRANCISCO DE SALES 2015    

                                                      Por Juanjo Mardones. Tenor del Coro de la APM

El último tramo del año 2014 nos había llevado a actuar en sitios tan dispares como el Teatro Monumental, el Aeropuerto de Barajas, la sede de la Asociación de la Prensa, la residencia de ancianos de la Purísima Concepción, o los mucho más festivos Jardines de Serrano. Apenas repuestos de la maratón coral navideña, afrontábamos, en las últimas rampas de enero, el primer reto del año, uno de los compromisos que nos justificaban como Coro de la Asociación de la Prensa de Madrid: la misa de nuestro Patrón, San Francisco de Sales. No era la primera vez que cantábamos en el oficio religioso, había que recurrir ya a los dedos de la otra mano para precisar el guarismo, aquella iba a ser nuestra séptima participación, un dato que sorprendía como suele suceder cuando en cualquier estimación tenemos que manejar la variable del tiempo.

De las etapas iniciales del Coro, además del cada vez más frágil recuerdo, conservamos algunas “crónicas” ilusionadas que eran divertimentos, correos colectivos para consumo interno, narraciones que surgieron espontáneas a partir del torrente de emociones que nos produjeron aquellas primeras actuaciones, el descubrimiento para muchos del fascinante territorio de la interpretación coral. 

Pero, quizá porque el Coro vivió su particular crisis y el ambiente no lo propiciaba, las “crónicas” dejaron de elaborarse, y ahí han quedado estos últimos tres años sin testimonios escritos sobre nuestras andanzas. Para cubrir este vacío hay que apoyarse en otras referencias, como las fotografías, hilos de oro para tirar del recuerdo. En el panel de la sala de ensayos hay pegadas algunas, un mosaico de imágenes que tratan de reflejar nuestro quehacer; y entre ellas hay dos que me  llaman especialmente la atención:

La primera se sitúa en el patio central de la Casa del Reloj, escenario de la entrega de los premios anuales de la Asociación de la Prensa de Madrid, es una foto del Coro tras la actuación, pero lo significativo de la instantánea es que el grupo posa en torno al entonces Príncipe de Asturias que, junto a la Princesa Letizia, había presidido el acto. Fue un encuentro distendido, informal, del que surgió una foto improvisada que con el tiempo, de manera inevitable, terminaría por adquirir otro carácter, la presencia del Príncipe la convertía de cara al exterior en una imagen de prestigio, en una especie de aval de nuestra solvencia.

 

Apareció una religiosa de provecta edad que, con la seguridad que confiere el conocimiento,levantó una trampilla y, ante la expectación general,  hurgó a tientas en las interioridades del viejo órgano hasta que se produjo el milagro y todo volvió a su orden natural."

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En la otra foto, vestido con el traje nacional de Corea, se ve a Jae Sik, nuestro director, recibiendo sonriente el aplauso del Monumental. Detrás de él aparece una gran orquesta y una heterogénea masa coral de la que formábamos parte. Se trataba del concierto anual hispano coreano, organizado por el propio Jae Sik, quien, desde su posición dominante, nos abría las puertas de la participación en un evento al que de otra manera no hubiéramos podido acceder. Testigos relevantes del mismo, las cámaras de Televisión Española que lo grababan para su posterior emisión, un ingrediente nada desdeñable en un acontecimiento que, para nuestra modesta trayectoria, suponía una experiencia de relumbrón.

Estas eran las imágenes más rutilantes del escaparate pero no representaban la vida real del Coro, detrás había otras actuaciones en escenarios menos glamurosos, y había sobre todo mucho trabajo en la sombra, no solo en las cuestiones musicales que nos son propias sino en aspectos organizativos y de infraestructura imprescindibles para la buena marcha de cualquier colectivo. Sin apartarnos del panel fotográfico, observando con un poco de atención, podíamos comprobar uno de los cambios más sustanciales producidos en los últimos años, la renovación del Coro; el mural constataba la triste ausencia de muchos compañeros que se fueron y la presencia entusiasta de quienes los relevaron dispuestos a probar fortuna, un proceso regenerador especialmente acusado en la cuerda de las contraltos donde, de las formaciones iniciales, solo quedaba Karmentxu Marín, arropada ahora por un grupo de voces tan cualificado como voluntarioso.

La mera existencia del panel de comunicación era indicativa de otro de los cambios sustanciales acaecidos en los últimos años, porque, tras un largo periodo de interinidad peregrinando por locales diversos, un acuerdo natural con la Facultad de Ciencias de la Información nos permitía contar con un lugar estable donde ensayar, en aquel edificio con sabor a periodismo el Coro de la Asociación de la Prensa encajaba como un guante.

Pero en esta mirada hacia atrás, en este balance apresurado, la mejor noticia era constatar que el Coro seguía existiendo. No ha sido fácil sobrevivir, nacimos con la crisis económica  y en ese clima adverso nos hemos desarrollado, superando dificultades que no se hubieran presentado en tiempos de bonanza. A pesar de navegar contra corriente, el Coro se ha consolidado tanto en lo musical como en lo organizativo; y como una muestra de esta progresión ha decidido poner en marcha una página web, instrumento básico para nuestra proyección exterior y herramienta de provecho para los integrantes del Coro que podrán disponer, entre otras cosas, de un banco de datos con todas las obras que componen nuestro cada vez más nutrido repertorio.

Precisamente ha sido la creación de esta web la que ha motivado la idea de abrir una ventana que diera cabida tanto a las “crónicas” que se hicieron en un principio como a las que pudieran elaborarse en el futuro, un espacio aún sin definir, un sendero que se perfilará a medida que vayamos caminando, y en el que la celebración de la misa de nuestro Patrón ha servido como invitación para dar el primer paso.

 

26 de enero de 2015. La fiesta de San Francisco de Sales propiamente dicha era el 24 de enero pero nuestra celebración variaba cada año, día arriba día abajo, por razones de conveniencia que nunca me detuve a analizar, en esta ocasión parecía tener relación con que la festividad caía en sábado y eso justificaba su desplazamiento al primer día de la semana. Sea como fuere, para nosotros era una jornada sin duda especial en la que rompíamos nuestras rutinas para participar de forma activa en un acto en el que de alguna manera sometíamos nuestro trabajo al escrutinio público.

El goteo de altas y bajas en la agrupación a lo largo del tiempo había hecho que la antigüedad de sus componentes fuera muy heterogénea, desde quienes habíamos participado en todas las ediciones anteriores a los que, como Begoña, Gloria o Daniel, lo hacían por vez primera; en consecuencia, cabía suponer que también fueran diversas las sensaciones que la actuación nos provocaba. En mi caso, los protocolos previos me parecían un calco exacto de los anteriores: la salida del metro de San Bernardo y la sorpresa repetida de encontrarse con aquella vivificante luz de la mañana madrileña; el intenso frío, que proporcionaba al aire una estimulante sensación de limpieza de la que probablemente carecía; el cálido refugio del café en la cumbre de la calle, donde siempre coincidía con algún otro coralista que llegaba sobrado de tiempo; y cuando las manecillas del reloj estaban a punto de marcar las once, el suave descenso hasta el templo en cuya puerta siempre había otros compañeros que se aprestaban a subir el teclado y los pesados equipos de amplificación a las alturas del coro. Lo reiterativo de la secuencia no impedía que las mariposas hicieran alguna que otra pirueta en el estómago para espantar las secuelas de la costumbre.

Entre las bajas esporádicas que en toda actuación se producen yo echaba particularmente en falta a Juanma, veterano de la cuerda de tenores, que por un problema familiar se había visto obligado a abandonar temporalmente el Coro; ingeniero de profesión, su ausencia se hizo notar más aún cuando en el proceso de instalación del teclado se encontraron con una obstinada falta de tensión en las tomas eléctricas habituales.

 

Con creciente inquietud, comenzamos a explorar el recinto a la búsqueda del dispositivo, un enchufe activo, un automático desconectado, que nos sacara del aprieto, pero el tiempo pasaba y la amenaza de tener que cantar “a cappela” empezó a planear en el ambiente. La esperanza renació cuando vimos aparecer a un empleado vestido con un mono azul, una prenda asociada al magisterio técnico que necesitábamos; pero, o bien habíamos sobrestimado la pericia inherente a su atuendo o es que la avería era realmente grave pues el piloto de la regleta de alimentación continuaba sin dar señales de vida. La emergencia debía de haber ,trascendido a otras instancias del convento

giosa de provecta edad que, con la seguridad que confiere el conocimientoevantó una trampilla y, ante la expectación general, hurgó a tientas por las interioridades del viejo órgano hasta que se produjo el milagro y todo volvió a su orden natural.

Sin más dilación nos dispusimos a realizar el último ensayo que había quedado muy comprometido por la incidencia. Llevábamos casi un año preparando la misa y aún quedaban algunos cabos sueltos; acostumbrados como estábporque a los pocos minutos apareció una reliamos a que Jae Sik o Chus nos dieran las entradas marcando verbalmente los tiempos, el hecho de cantar con órgano suponía un cambio de referencias que nos costaba interiorizar. Había que cuidar todos los detalles, por eso, a punto de concluir el repaso, Jae Sik, como director, bajó al presbiterio, sin que dejáramos de cantar, para comprobar desde allí el necesario equilibrio entre las voces y el órgano.

Desde la altura del coro se veía la progresiva ocupación de los bancos, aunque con aquella perspectiva cenital no siempre fuera fácil controlar la identidad de los asistentes. Los coralistas que procedíamos de Televisión Española esperábamos la llegada de un grupo de compañeros que habían anunciado su asistencia. Los correos “promocionales” que se les habían enviado afirmaban a modo de reclamo que la misa que íbamos a cantar tenía para España el carácter de estreno, pero yo no me atrevía a tanto, solo me aventuraba a sostener que se trataba de una obra muy poco conocida. Sabía con certeza, eso sí, que el compositor, John Leavitt, era norteamericano, y que hacía casi veinticinco años que la había terminado. Leavitt era una autoridad de la música coral, y en este trabajo había utilizado los tradicionales textos latinos del Kyrie, Gloria, Credo, Sanctus y Agnus para componer una misa festiva que ponía un toque de modernidad en los seculares patrones del repertorio sacro.

Es probable que el retraso producido por la emergencia eléctrica alterara nuestra percepción del tiempo de espera, porque la aparición del oficiante en el altar nos pilló finalmente desprevenidos; alguien dio la voz de alarma ante el inminente comienzo y, cuando nos quisimos dar cuenta, Kim ya estaba desgranando las notas introductorias del Kyrie, unos segundos preciosos que nos sirvieron para concentrarnos en torno al director, abrir las carpetas y empezar a cantar.

Una de las peculiaridades de cantar en aquel templo era nuestra ubicación en lo alto del coro, un reducido espacio que nos impedía colocarnos con los alineamientos habituales y nos llevaba a agruparnos de una manera un tanto anárquica por más que respetáramos la geografía de las cuerdas. Pero lo más determinante era el hecho de permanecer allí aislados, sin contacto visual con los asistentes, lo cual modificaba nuestras rutinas de canto. Con aquella suerte de anonimato era innecesaria la salida formal a escena llevando la carpeta en una determinada posición; ni abrirla al unísono para transmitir la sensación de grupo bien organizado; tampoco había que esforzarse por mantener un semblante festivo, ni guardar la estricta compostura que requiere una actuación cara al público. El anonimato permitía por el contrario muchas licencias: acercarse sin disimulo al compañero para guiarse en aquellos pasajes enrevesados en los que resultaba fácil perderse; hacerse gestos o indicaciones sobre cualquier circunstancia del canto, cambiar impresiones entre un tema y el siguiente, bromear incluso. El relajo en el vestuario hubiera podido ser otra ventaja de nuestro emplazamiento, sin embargo, a pesar de no estar expuestos a la mirada del auditorio, no habíamos sacado ventaja de dicha circunstancia y habíamos acudido ataviados con el uniforme de ordenanza, sin que los coralistas de a pie acabáramos de entender muy bien la razón de dicha exigencia.

Pero la opacidad era mutua, si los asistentes no nos veían, nosotros tampoco les veíamos a ellos; desde la burbuja en la que estábamos instalados era imposible percibir la impresión que les causaba nuestro canto, lo que en términos cinematográficos llamaríamos feed back, no solo porque se trataba de una ceremonia religiosa y no procedía la respuesta evidente del aplauso sino porque tampoco teníamos ángulo para observar las sutiles expresiones de sus rostros, que, en aquel contexto, imaginábamos emboscados tras la máscara de la compostura.

Otra de las dificultades de la incomunicación entre coro y altar era coordinar el momento de las entradas. Había que conocer muy bien las partes de la misa, las palabras del sacerdote, para encajar con precisión los correspondientes temas musicales. Chus, nuestra profesora, se encargaba todos los años de tan delicada misión. Para cumplir esta tarea, tarea de regidora en el ámbito teatral, seguía con atención el desarrollo de la ceremonia desde el balconcillo del coro y, cuando llegaba el momento exacto, momento que muy pocos conocían, volvía presurosa a su cuerda de sopranos mientras le indicaba al director con gestos de urgencia que debía empezar de inmediato.

El distanciamiento con que nos desempeñábamos atenuaba la presión del público y nos envolvía en una nube de impunidad ante la eventualidad de un error. Pero no se produjeron errores, errores de calado, y salvamos airosamente todas las dificultades, incluso los puntos más críticos del Gloria y el Sanctus en cuyos pentagramas se emboscaban los indómitos pasajes que siempre nos hacían dudar. Tras rezar el Padrenuestro, el oficiante invitó a los feligreses a darse la paz, era el momento de comenzar la interpretación del Agnus Dei, una composición sosegada que ponía fin a la misa de Leavitt.

Los integrantes del Coro cerramos las carpetas con el alivio que proporciona la misión cumplida, pero la distensión no era total porque aún faltaba el regalo musical de Jae Sik y Chus, una actuación que esperábamos con expectación y que vivíamos como propia. Y de alguna manera lo era, al menos la capitalizábamos como tal porque el auditorio, desde su posición, no podía conocer la identidad de los intérpretes, con lo que tan cualificada intervención se contabilizaba como un plus en el haber del Coro. El tema que se disponían a interpretar nuestros maestros era el Pannis Angelicus, un arreglo que realizó César Franck en 1872 a partir del Sacris solemniis de Santo Tomás de Aquino. Kim hizo la preceptiva introducción al órgano y, tan pronto las voces de Chus y Jae Sik comenzaron a inundar el sagrado recinto, la atmósfera se cargó de electricidad, mientras nosotros, con la respiración contenida, sentíamos cómo se nos erizaba el vello en un reflejo sin control. La última nota invitaba al aplauso pero solo se escuchó el preceptivo silencio, y el mudo entusiasmo de los coralistas que, amparados en el anonimato, agitábamos las manos en una ovación de insonoro estruendo.

La misa concluyó con unas palabras del celebrante, Monseñor Ginés Ramón García Beltrán, Obispo de Guadix-Baza, que tuvo la deferencia de referirse de manera elogiosa a la actuación del Coro. Ahí terminaba la celebración religiosa, el público comenzó a abandonar los bancos mientras nosotros cogíamos los abrigos con impaciencia y bajábamos en tropel la angosta escalera buscando la calle con el mismo alborozo que despliegan los niños a la salida del colegio, con el gozo de volver a la libertad sin las rígidas ataduras que impone la disciplina, que en nuestro caso era la música, siempre estricta. Abajo nos esperaba el público, compañeros, amigos, familiares, con ánimo de felicitarnos, o simplemente saludarnos pues  en muchos casos era esa la única ocasión en la que nos veíamos durante todo el año. De alguna manera se reproducía el paisaje de los grandes teatros donde los intérpretes, cantantes o actores, recibían tras su actuación los parabienes del público; era una aproximación al escenario emocional en el que se mueven los profesionales de la interpretación, para sentir como ellos la necesidad de una reparadora alabanza, respuestas inaplazables de aprobación cuando se ha puesto toda el alma en la tarea.

Cuando volví a casa aún pude prolongar durante un rato la contenida euforia al abrir el ordenador y encontrar los generosos mensajes de los compañeros que habían asistido a la misa:

“La actuación del Coro, un regalo, la misa preciosa y los intérpretes a su altura”.

“La actuación del Coro una pasada. Cada día lo hacéis mejor y la misa de hoy, sublime”.

“Los chicos-as del Coro extraordinarios, mejor que nunca”.

           “¡Vaya Pannis Angelicus. Enhorabuena!”.

                                                                                                                                                        (Enero de 2015)

 

                                                                                                                                  

 

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