SAN FRANCISCO DE SALES 2011

                                                            Por Juanjo Mardones. Tenor del Coro de la APM

El sacerdote abrió la puerta de la sacristía y salió al altar. Esa era nuestra referencia visual, desde las alturas del templo, para que el órgano abordara los primeros compases del Canticorum anticipando la entrada del Coro. Era el tercer año consecutivo que participábamos en la ceremonia religiosa del día de nuestro Patrón, San Francisco de Sales, y para los compañeros que asistían a la misa habíamos pasado a formar parte de la rutina de la celebración. Sin embargo, para el Coro de la Asociación de la Prensa de Madrid aquél no era un evento más, aquella actuación certificaba la superación de una crisis que durante muchos meses había amenazado seriamente la continuidad de la agrupación.

 

 

 De las barbas de los leones de la Cibeles colgaban unos témpanos de hielo que producían escalofrío y convertían a la iglesia de San Francisco de Sales en un cálido refugio.

 

 

 

La tormenta se desató por sorpresa, cuando menos se esperaba, en el momento más dulce de la vida del Coro, cuando acabábamos de sortear airosamente el envite más comprometido de su joven trayectoria: interpretar a Mahler en la catedral de Sevilla. Tan eufóricos salimos del trance y tan bonita estaba la noche sevillana que, de manera natural, continuó la representación. La “Taberna Torre de Plata” se convirtió en el improvisado escenario donde desgranamos, entre cervezas y alguna que otra ración, lo más popular de nuestro repertorio. Un espectáculo al aire libre, una noche memorable. Pero lo que nadie podía imaginar es que tras aquella  espontánea explosión de entusiasmo se agazapaba el germen de un conflicto cuyas severas consecuencias no tardarían en aflorar.

Todo comenzó, semanas después, con el e-mail de una coralista que se interesaba por la ortodoxia del procedimiento administrativo, sobre si era o no de recibo –nunca mejor dicho- que la cuchipanda se hubiera sufragado con los cuatro duros que bailaban solitarios en las exiguas arcas del Coro. El desafortunado intercambio de correos que se produjo a continuación, lejos de amortiguarse con el paso de los días, se fue amplificando hasta provocar, semanas después, la dimisión de Merche González Frías, nuestra Presidenta, al entender que se había puesto en duda el recto proceder de la Junta que presidía.

En aquel clima de desgobierno, un sector del Coro se alineó con la propuesta de un nuevo modelo de gestión, un movimiento que no ayudó precisamente a que las aguas se remansaran. Y a esta iniciativa de cambio estructural le siguió la de otro grupo que pretendía la redacción de un remozado Estatuto que resolviera las carencias del anterior. El Coro estaba dividido porque, sin saber muy bien la razón, habíamos entrado en una malévola dinámica, un mal fario, en la que cada paso que dábamos nos situaba en una posición más difícil que la anterior.

Ello no impidió que cumpliéramos nuestra cita anual en la entrega de  los Premios de Periodismo, donde rendimos musical homenaje a la Gran Vía en su Centenario y a la Presidencia española de la Unión Europea. Pero tan pronto cesaron los aplausos volvimos a la arena del debate en busca de una salida al perverso laberinto en el que nos habíamos metido.

Fue un tiempo que ahora, en el recuerdo, nos ha dejado un sabor agridulce, pues las tensiones de este periodo convulso se entremezclan con las alegrías que “la Roja” nos iba proporcionando. Y en ese clima apasionado se celebró una tórrida asamblea  que, como era de esperar, no consiguió restañar las heridas, aunque sí alimentar el embrollo burocrático en el que andábamos empantanados. El Coro estaba fracturado, pero afortunadamente llegaban las vacaciones, un compás de espera, un reparador calderón, que vino a poner la pausa que tanto necesitábamos.

 

A la vuelta del verano, con el Coro descabezado y los ensayos suspendidos, nadie daba un duro por nuestra suerte, pero lo intentamos de nuevo y, esta vez sí, conseguimos tomar altura. Tras una resolutiva asamblea, el Coro encontraba una senda por la que avanzar: se mantenía el modelo organizativo inicial y se elegía una nueva Junta Directiva, presidida por Laureano Suárez. En el camino se quedaron varios compañeros y la Directora, Mari Ángeles Calahorra, que, según manifestó, no se encontraba ni con la fuerza ni con la ilusión necesarias para continuar.

Los ensayos se reanudaron en noviembre, con el tiempo justo de preparar el siguiente compromiso: la misa en honor de nuestro Patrón. Se iniciaba así una nueva etapa en la joven trayectoria del Coro, una formación numéricamente menguada, pero fortalecida como grupo. Al frente de la misma aparecía, Jae Sik Lim, un director coreano afincado en España, tenor titular del Coro de Radiotelevisión Española y director de orquesta.

De la mano de Jae Sik llegó la tecnología: un ordenador, cómo no; una grabadora para registrar los ensayos; y un fichero fotográfico de los componentes del grupo que, supuestamente, ayudarían al director a conocernos cuanto antes. Un tiempo de innovación en el que no lo fue menos el hecho de que Jae Sik, en su condición de cantante, interpretara, como referencia para los vocalistas, los pasajes más complejos.

A marchas forzadas, con las fiestas navideñas por medio, llegamos al 24 de enero de 2011. De las barbas de los leones de la Cibeles colgaban unos témpanos de hielo que producían escalofrío y convertían a la iglesia de San Francisco de Sales en un cálido refugio. Jae Sik intentó modificar nuestro emplazamiento, cantar en la parte posterior del templo, pero finalmente terminamos volviendo a nuestro espacio natural: al coro. En este

 

 

proceso de cambio, todo eran novedades; el director, buscando un mejor equilibrio de las cuerdas, colocó a los tenores delante de las sopranos; era la primera vez que dábamos la espalda a tan distinguidas damas.

         Y así llegamos al momento de los últimos ajustes, de la afinación definitiva. Kim, la esposa del director, terminaba de instalar su órgano electrónico que, como un símbolo del imparable progreso, desplazaba al viejo órgano del templo. En el proceso de aggiornamento tecnológico del Coro, Jae Sik nos sorprendía ahora con un diapasón, también electrónico, que nos trasladó de inmediato al concierto de Villaricos, a la graciosa manera en que la joven directora de una coral  guardaba su discreto diapasón en su generoso escote. Por la cuerda de tenores circuló algún malévolo comentario sobre como se apañaría la directora de nuestro recuerdo con este nuevo ingenio de dimensiones no tan fáciles de camuflar.

El oficiante asomaba la cabeza por la puerta de la sacristía cuando en el carillón de la iglesia sonaron las doce y media. Era un momento de íntima satisfacción, porque, después de las peripecias pasadas, de las incertidumbres superadas, el hecho de estar allí, a punto de empezar a cantar, constituía un triunfo en sí mismo. El sacerdote hizo su entrada en el altar mientras Kim, en el lenguaje universal de la música, nos daba la entrada del Canticorum, un clásico de nuestro repertorio, que abordamos con la seguridad y firmeza que proporciona el pisar terreno conocido. Con la última nota se hizo el silencio, una sensación especial propia de una ceremonia religiosa, pero que deja a los intérpretes sin referencias, sin el eco tan necesario de su entrega. Jae Sik, seguro conocedor de este vacío, puso su pulgar hacia arriba y estrechó un poco más el ángulo de sus ojos en lo que quería ser una sonrisa de aprobación. El mismo gesto, pero por partida doble, con ambos pulgares hacia arriba, se repitió a la finalización del Gloria de Vivaldi, una obra nueva para nosotros en la que había que superar un cromatismo esquivo por el que siempre circulábamos inquietos. Pero la íntima apoteosis llegó en la tercera intervención con el Zum Sanctus de Schubert, cuando, a la finalización de la misma, el director se besaba la punta de los dedos y los lanzaba, emocionado, urbi et orbi; los ojos ya no se le veían. Y fue en el Donna nobis pacem, de gozosa interpretación, donde Jae Sik puso en práctica sus lecciones teóricas; “hay que estar atentos al director, a su mano conductora”, nos reitera en cada ensayo, y, llevando este principio a una situación extrema, prolongó la interpretación del Donna nobis pacem una frase más de lo previsto, poniendo a prueba nuestra capacidad de improvisación. Los fieles en la iglesia, como corresponde a un acto de esta índole, mantenían un respetuoso silencio, pero, tras el Hallelujah de Purcell, el cura, conocedor como nadie de la soledad escénica, de la necesidad de percibir alguna reacción que le oriente sobre el efecto de sus pláticas, pidió un aplauso para el Coro que agradecimos con la contención gestual que nos permitía el estrecho espacio en que nos ubicábamos. Y pusimos el broche final a la misa con otro Hallelujah, ahora el de Haendel, que los fieles, liberados ya del rigor religioso de la ceremonia, aplaudieron de forma espontánea.

 

 

 

La ocasión merecía un testimonio gráfico, una foto que certificara el comienzo de esta nueva etapa, y el director nos convocó al pie del altar para inmortalizar el momento. No fue fácil reunirnos, pues amigos y familiares, que nos esperaban para felicitarnos, impedían cumplir diligentemente con el trámite. La sesión fotográfica, propiamente dicha, también fue larga. Y, cuando nos disponíamos a romper la formación, apareció por el fondo de la iglesia Fernando, que se había rezagado por razones no aclaradas. Ocasión de oro para que las afiladas plumas, o lenguas, de los compañeros comentaran, llenos de buena intención, que ahora se explicaban que se quedara perdido y abandonado en una gasolinera camino de Sevilla.

Los que pudimos, que fuimos muchos, terminamos la fiesta con una comida musical en “Casa María”, donde exploramos los fondos semiolvidados de nuestro repertorio más profano. En esta mirada atrás, Karmentxu Marín y Pedro Matamorón siguieron amparándose en la necesidad de  inspiración para acallar nuestras reiterada demanda de que volvieran a deleitarnos con su contrastado talento interpretativo.

Un nuevo tiempo había comenzado para el Coro, un futuro lleno de posibilidades, de retos fascinantes, de aventuras imprevisibles... si encontrábamos un sitio donde poder ensayar, claro.

En Cibeles, los leones despedían la tarde con sus barbas de hielo aún más largas.

Informaciones facilitadas por el bajo Javier Parra, llegadas con posterioridad a la redacción de esta apresurada crónica, nos hablan de que mientras nosotros le cantábamos el Cumpleaños Feliz a nuestro querido tenor Javier Sáenz, éramos requeridos en la comida de la Asociación de la Prensa, en la que cantamos  todos los años, para hacer lo propio con otro no menos ilustre tenor, Plácido Domingo, que asistía como invitado a la misma. Y es que no podemos estar en todas partes.

 

                                                 (Enero de 2011)

 

 

 

 

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