ENTREGA DE LOS PREMIOS APM 2011

                                                            Por Juanjo Mardones. Tenor del Coro de la APM

 

 

Una ola de calor despiadado vino a confirmar de manera inequívoca lo que ya señalaba el calendario: que el verano de 2011 había comenzado. Y, como un rito asociado a la llegada de las vacaciones, el Coro de la Asociación de la Prensa se disponía a afrontar el segundo evento de su programación anual: la entrega de los premios APM en su edición 72. Era la cuarta vez que participábamos en esta cita, porque, casi sin darnos cuenta, el Coro de la Asociación de la Prensa de Madrid acababa de cumplir su tercer año de existencia.

 

Tres años no es nada

Fue el 3 de junio de 2008 cuando se hicieron las pruebas de selección, y un mes después -ahora nos parece una proeza- debutábamos. Para muchos era la primera vez que cantábamos en un Coro, y los que ya tenían esa experiencia iban a enriquecerla con la participación de una joven orquesta. Para la mayoría era también la primera vez que accedíamos a las dependencias de la Real Casa de Correos en la Puerta del Sol, a sus sótanos cargados de siniestras resonancias, que utilizamos a modo de gran camerino. Y tanto para unos como para otros era inevitable sentir el necesario pellizco que antecede a toda actuación cara al público. Una tensión acentuada en este caso por la especial naturaleza del auditorio; no en vano íbamos a cantar en la sede del Gobierno Regional, rodeados de notables profesionales del periodismo y ante la máxima autoridad de la Comunidad, su presidenta. Para afrontar aquel precipitado compromiso, habíamos conseguido hilvanar a duras penas un escueto programa que se abría con una festiva salutación Canticorum jubilo y terminaba de inmediato con el más castizo Don Manolito, que por algo cantábamos en el corazón de Madrid. Era el 3 de julio de 2008, y cerrábamos así el acto de la 69 Edición de los Premios APM.

En estos tres años, el Coro ha ido escribiendo nota a nota su pequeña historia. Muchos compañeros que vivieron aquel momento ya no están con nosotros; en este tiempo hemos sobrevivido a una crisis de la que a trancas y barrancas vamos saliendo. Fruto de esas convulsiones hemos cambiado de batuta, de junta directiva, y de presidente; y, como una señal de esperanza, nuevas voces han venido a sumarse a esta musical aventura.

 

La travesía del desierto

En este último año de resaca organizativa no habíamos podido cantar en ningún evento especial, limitándonos a circular por los carriles previamente establecidos: la misa el día de nuestro Patrón, y el acto de entrega, ahora, de los Premios APM. Entre medias un árido desierto, tiempo de interminables ensayos en los que el Coro parecía languidecer; unos meses muy largos en los que avanzábamos demasiado despacio entre reiteradas llamadas a la asistencia, al estudio individual, al esfuerzo añadido que nos permitiera remontar de una vez el vuelo.

Quizá contribuyera a esta pesimista sensación el régimen de itinerancia en que nos desempeñábamos, la falta de una sede permanente en la que poder trabajar con la estabilidad necesaria. Los locales de la APM estaban casi siempre ocupados y debimos refugiarnos donde pudimos. La Escuela de Diseño nos acogió por un tiempo, unos días en los pisos de arriba y otros en los de abajo; los Misioneros Claretianos, ejercitando la práctica misericordiosa de dar posada al peregrino, nos abrieron las puertas del Colegio Mayor “Alcalá”; y el legendario Johnny, el Colegio Mayor San Juan Evangelista, hizo lo propio de manera generosa. Con esta dinámica, el piano, el teclado, se hizo también ambulante viajando en los maleteros de los coralistas a la espera de que se determinara el lugar del siguiente ensayo. Unos días lo hacíamos en una sala de exposiciones; otros, en un aula, para de ahí pasar al inhóspito patio de butacas de un colegial teatro, o a un salón de actos con vidrieras de capilla.

No es descartable que este desbarajuste espacial esté en el origen de algunos fenómenos no debidamente aclarados. Como el que sucedió una tarde mientras ensayábamos el Ave María de Elgar, cuando en la ventana situada a la espalda de Jae Sik apareció una figura de sonrisa virginal que escuchaba embelesada nuestro sacro canto. Enmarcada por la ventana, como si estuviera en una hornacina, se convirtió en el centro de atención de nuestras miradas, especialmente las de tenores y bajos, más receptivos a este tipo de manifestaciones. Y cuando Jae Sik marcó el último compás y entonamos el definitivo Amén, la imagen, como por ensalmo, se desvaneció. Todavía no sabemos si aquella aparición fue real o imaginada. Algún descreído apuntó que se trataba de una estudiante de la residencia que venía de bañarse en la piscina, y que las lágrimas que corrían por su rostro eran en realidad agua de la ducha, pero no todo el mundo está de acuerdo con esta profana interpretación.

Y como todo llega en la vida, llegó también el último ensayo que, respetuoso con la tradición, hizo aflorar, como si se tratara de un exorcismo, todos los defectos  que habíamos tratado de corregir durante el curso. Jae Sik puso mucho énfasis en eliminar los portamentos que habían vuelto a aparecer cuando no se los esperaba. Portamentos, una palabra tabú que siempre que se pronunciaba nos hacía volver la mirada hacia Matamorón, que se había erigido en el baluarte más firme en defensa de la libertad interpretativa, con su ya célebre postulado “si es que lo pide...”.

 

Kilómetro 0

El reloj de la Puerta del Sol dio las doce campanadas y, fieles a la cita    -solo faltaba Maramorón-, comenzamos a cruzar el arco de seguridad que garantizaba que nuestras únicas armas eran las vocales. Allí estaba

Chus esperándonos para ponerlas a punto nai nai nai nai naiiii y para dar un primer repaso al programa. Con la sensación de que aquello sonaba mejor que nunca pasamos a afinar las cuestiones formales. Para determinar las posiciones se barajaron criterios estéticos, como conseguir que los pañuelos de nuestras chicas proyectaran la debida variedad y armonía cromáticas; alguien más práctico sugirió que quizá fuera más fácil que se cambiaran los pañuelos entre ellas; pero finalmente se optó por dejar que cada uno buscara su espacio natural, aquel que le hiciera sentirse musicalmente más cómodo. Tras ensayar la salida a escena con la adecuada colocación de la carpeta, se abordó el espinoso tema de qué hacer con ella para poder dar las previstas palmas en la seguidilla de La Verbena de la Paloma.

Los coralistas aportaron, todos a la vez, una variada gama de propuestas: la de sujetarla entre las piernas fue descartada de inmediato por Chus; la de llevarla en la boca no mereció la más mínima consideración, y en medio de aquella tormenta de creatividad se acertó a escuchar una voz rebelde que decía “pues yo no me pongo la carpeta en el sobaquillo”. Y Matamorón sin dar señales de vida. El que apareció de improviso para darnos su apoyo fue Jesús “el tenor dulce” que, ataviado con una castiza gorra, parecía que venía a incorporarse al elenco escénico en el papel de barquillero.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La espera era larga y poco a poco fueron llegando todos. También el director que aún tuvo tiempo de dar un último repaso al programa. Y llegó, al fin, Matamorón, marcando estilo en su vestuario con la camisa por fuera

del pantalón; una novedad que fue bien acogida por algunos, pero que rompía, a juicio de nuestro presidente, la imagen de rigor que debíamos proyectar. Pasaban ya de las dos de la tarde cuando fuimos llamados a escena. Abandonamos con orden las mazmorras y nos colocamos disciplinadamente entre bastidores a la espera de que Esperanza Aguirre concluyera su discurso.

Cuando el presidente de la Asociación de la Prensa Fernando Urbaneja nos dio paso con un sobrio “Y ahora vamos a escuchar al Coro”, nuestro director Jae Sik apareció en el escenario radiante, luciendo una blusa blanca de diseño tradicional coreano. Había llegado el momento. Bueno, el momento quizá debiera haber sido un poco antes, antes de la foto de familia de los premiados, porque aquel tiempo de posado tenía todo el aroma de un fin de fiesta y muchos de los invitados abandonaron prematuramente el lugar.

Se notaba armonía, buen gusto, y esta emoción se le reflejaba a Jae Sik en el estrecho margen de su mirada. Una gran ovación vino a fundirse con el ritardando final"

 

Tiempos de crisis, de austeridad, que nos iba a privar en la presente edición del privilegio de cantar con orquesta. En su lugar contábamos con el piano de Kim, la esposa del director, que suplía con empeño y sensibilidad orientales tan notable carencia. Sea como fuere, allí estaba el Coro dispuesto a dar más por menos, a ofrecer tres temas en lugar de los dos habituales; a presentarse con un director de la otra esquina del mundo para ofrecer el programa más español.

Kim atacó los primeros compases de la conocida habanera de Don Gil de Alcalá. Todas las mañanitas vuelve la aurora... era nuestra primera frase, y el patio de la Real Casa de Correos se inundó con las notas de esta pequeña joya de Manuel Penella. Nuestras voces habían sonado bien en el ensayo y lo mismo sucedió en esta primera interpretación. Se notaba armonía, buen gusto, y esta emoción se le reflejaba a Jae Sik en el estrecho margen de su mirada. Una gran ovación vino a fundirse con el ritardando final.

A continuación debíamos enfrentarnos a uno de los

puntos más críticos de la actuación: la entrada de El Vito. Debíamos hacerlo directamente, sin la referencia de una introducción pianística, en un forte que no permitía vacilaciones. Superado ese primer momento, la delicada progresión que seguía solo podía servirnos para disfrutarla. Y así lo hicimos, desgranando con pasión este canto de cadencia andaluza y de bélicas resonancias.

Y para finalizar, La Verbena de la Paloma, una de las obras más célebres del Género Chico. Unas seguidillas en las que por vez primera nos apartábamos del registro vocal para adentrarnos, con unas palmas festivas, en el de la percusión. Una obra de chulapos cuyo espíritu tratamos de respetar matizando mejor que nunca la dinámica que con tan desigual fortuna habíamos ensayado. Esperábamos expectantes la ejecución de esos na nás siempre esquivos que venían adobados con la amenaza latente de una ronda de cerveza. Pero no estábamos para invitaciones y llegamos al apoteósico final sin una sola vacilación.

Jae Sik nos lanzaba besos mientras agradecía los aplausos del respetable, y tanto se prolongaban que terminó requiriéndonos para que correspondiéramos a tan entusiasta ovación con un gesto reverencial. Una ceremonia que sin duda habrá que ensayar ante las apoteosis que sin duda viviremos.

 

El 10 de San Miguel

Merche había reservado comedor en “El 10 de San Miguel” con la condición de que fueran tolerantes con nuestra previsible euforia. La mesa era larga, muy larga, como de un castillo feudal. En un extremo estaba Jae Sik; en el otro... no se veía. La advertencia de Merche a los restauradores sobre lo que suele ocurrir en la comida de un coro no era baldía, la prueba es que llegábamos cada vez más preparados. En esta ocasión con una flauta, una socorrida guitarra, y la botella de Matamorón que, si no era de anís, él se encargaba de sacarle el vibrato.

Comenzamos con un allegro ma non tropo para que no se asustaran. Era el tono requerido para una contenida felicitación al presidente en el día de su santo. Es un muchacho excelente, es un muchacho excelente... cantábamos. Pero bastó que alguien cambiara el excelente por excedente para que el tono pasase a molto vivace. Y por esa pendiente nos lanzamos; del cándido Era de latón, pasamos a un encendido Coro de repatriados con solo de Jae Sik incluido. Y como los artistas son así, cuando el ambiente estuvo lo suficientemente caldeado surgió imparable esa fuerza de la naturaleza que se hace llamar Karmentxu Marín, para recrear su inigualable versión del Romance de la Reina Mercedes. Merche, por su parte, estrenó una canción feminista que animó a José Luis López a desempolvar de su popular cancionero un equívoco tema de alta temperatura. En el otro extremo de la mesa, Karmentxu y Luis Peiro dejaban entrever añejas complicidades respecto al bacalao, al tiempo que Merche y Daniel se marcaban unos pasos de baile bajo el chorro gélido del aire acondicionado.

Con tan distorsionado clima no era de extrañar que a la hora de ajustar la cuenta no supiéramos si habíamos comido treinta o treinta y uno; ni si había ensayos la semana siguiente. Y con esas dudas planeando sobre nuestras conciencias nos despedimos en la calle como si se tratara del final de curso, con el horizonte puesto en el lejano septiembre.

A nuestro lado, un grupo de turistas japoneses escuchaba atentamente como el guía, en medio de la plaza de San Miguel, les explicaba la historia de las murallas de Ávila. El termómetro de la calle Mayor también debía estar estropeado porque marcaba 45 grados.

                                                (5 de julio de 2011)

 

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