LA ODISEA DE VILLARICOS 

                                                      Por Juanjo Mardones. Tenor del Coro de la APM

Constituía un nuevo reto para el coro de la APM, era la primera vez que salía de su entorno natural, la primera vez que interpretaba cinco temas, y la primera vez que, de alguna manera, compartía el evento con otras agrupaciones corales. Se trataba del “X Certamen Nacional de Habaneras y Polifonía” que se iba a celebrar en la localidad almeriense de Villaricos, en una fecha de estruendosas resonancias: el 18 de julio de 2009.

Las negociaciones para participar fueron arduas, las condiciones difíciles, lo que, unido a la diáspora vacacional, hizo que en algún momento pareciera peligrar nuestra presencia en el Certamen. Pero al final se impuso el sentido de la responsabilidad, el coraje, y allí acudimos, numéricamente menguados pero crecidos ante la dificultad, dispuestos a defender la trinchera de nuestra joven Agrupación.

El primer escollo estribaba en el desplazamiento, una operación logística ciertamente compleja a causa de la dispar casuística personal de los coralistas. Salidas desde diferentes lugares, en distintos días y horas, y en variados medios de transporte que no pudo quebrantar, sin embargo, el indómito empeño del Coro.

Siete de los coralistas decidimos trasladarnos en tren a Cartagena, porque alguien nos lo había recomendado, para desde allí continuar el  viaje en una furgoneta que, desde ese mismo momento, arrastrados por la fuerza incontestable de Pedro Matamorón, “Peter”, pasó a llamarse “fragoneta”. 

 

“Entonar aquello de “Me-e voy a ultramaar...” y salir volando de estampida una bandada de pájaros que dormitaba en los cactus, fue todo uno”

 

 

Y llegó el día señalado, el viernes 17 de julio, y el convoy se puso en marcha. Unos lo cogieron en Chamartín, otros en Atocha, poniendo así el acento en la diversidad circunstancial de los componentes del Coro, que tanto lo enriquece. La distribución de los asientos tampoco contribuía demasiado a esa compenetración tan necesaria en una masa coral, pero cuando subí al tren en Atocha, Matamorón ya había puesto orden en el vagón, de manera que nadie iba en el lugar que le correspondía. A mí me había puesto a su lado, quizá para ir tomando confianza ante la perspectiva de dos noches juntos compartiendo habitación, un hecho indiscutido que aceptamos con la docilidad y entrega que la noble causa por la que viajábamos requería.

Estábamos contentos con nuestra rebajita de periodistas que aliviaba un tanto el coste del transporte, que también habíamos asumido con la docilidad y entrega ya referidas. Pero siguieron los descuentos porque, como no funcionaba ninguno de nuestros auriculares, RENFE nos compensaba con otra pequeña cantidad, algo así como “para que se tomen una cañita”.

Poco después se produjo un escape de agua y el vagón comenzó a inundarse, mientras nosotros allí, impertérritos, buscábamos con serenidad los chalecos salvavidas con la esperanza de que RENFE nos compensaría al menos con el costo de algún producto antirreumático. Afortunadamente, Inés y Pilar venían preparadas con un tremendo arsenal de provisiones alimentarias -como en los viejos tiempos- que hicieron mucho más soportable la contingencia, aunque nos arriesgáramos al consabido corte de digestión. En aquella vicisitud de consecuencias imprevisibles dimos lo mejor de nosotros, como los músicos del Titanic, y mientras el agua fluía sin cesar, Chus nos explicaba de forma heroica el asunto ese del compás del 3:4 que, claro, en aquella dramática situación, no era fácil de asimilar. Y así, al tran, tran, llegamos a Cartagena después de haber regado con nuestro vagón una buena parte de la sedienta huerta murciana.

Para nuestra sorpresa, la “fragoneta” contratada estaba esperándonos en el sitio acordado. Todo estaba en orden. Pensé que el rumbo del viaje comenzaba a enderezarse, pero pronto comprobé que no era así porque “Peter” se puso al volante de la misma.

Y mis temores no tardaron en confirmarse porque, tan pronto arrancamos, me dijo así, con voz queda, “por lo bajinis”, que aquel coche tenía cuatro pedales. Yo pensé de inmediato en lo del corte de digestión, pero no comenté nada por no alarmar a las viajeras, Chus, Inés, Merche, Paula y Pilar, que habían empezado a entonar, no sé si con alguna intención “Se equivocaba, se equivocaba”. Desde aquel momento me quedé mudo, no podía articular palabra pensando en las distintas combinaciones -y sus posibles consecuencias- de los pies de Pedro sobre los cuatro pedales. Fue un mutismo profundo, que sólo se alteró cuando, en un determinado momento puso la “fragoneta” a 150 Km/h. Entonces salió de mi garganta un sonido indescifrable, algo así como, “Schghlub...”. “Peter” me preguntó “¿Cómo?” y yo sólo pude contestar “No nada”.

Pero afortunadamente, la autopista se terminó y pasamos a otro escenario: el de las tortuosas y mal señalizadas carreteras comarcales. Entonces decidimos adoptar la estrategia de preguntar a los lugareños que nos encontráramos, en vez de intentar descifrar los mapas de ruta que habíamos bajado de internet. El intento fue desalentador. La primera persona que interrogamos nos indicaba el desvío a Palomares diciendo vehementemente que girásemos en el próximo cruce a la izquierda, mientras hacía signos con la mano, igual de contundentes, de que fuéramos por la derecha. El siguiente interlocutor nos señaló que en la segunda “redonda” –luego supimos que quería decir “rotonda”- deberíamos coger en dirección a Vera. Pero claro, tampoco nos aclaró mucho, porque decirle a un grupo musical que coja una redonda es como si nos dice que cojamos una semicorchea. Toda esta información que obteníamos trabajosamente era, en cualquier caso, dudosa porque las personas con las que hablábamos lo hacían en un lenguaje de difícil comprensión, con ruidos similares al que yo emití cuando “Peter” se puso a 150 km/h, y pensé si no estaríamos siendo víctimas de algún fenómeno paranormal. Al final, entre vueltas y revueltas, redondas, fusas y semifusas, conseguimos llegar a buen puerto.

 Lo de buen puerto no es una figura retórica, es que había dos: el de Villaricos propiamente dicho y el de La Esperanza donde, al parecer, íbamos a actuar. En el puerto de Villaricos salieron a recibirnos la avanzadilla de la expedición, Daniel, José Luis, Rafael, Jesús “el tenor dulce”, y Carmen, que ya se movían por la zona como si llevaran allí media vida. Ellos nos acompañaron a un chiringuito, nos enfrentaron, al fin, al anhelado gambón -o similar- y nos pusieron al corriente sobre las peculiaridades de los alojamientos y el intrincado camino que debíamos recorrer para alcanzar el anhelado Desert Spring Golf Resort, casi ná. Más tarde se incorporaron Javier Parra con su mujer y Laureano, a tiempo aún de probar un salmonete que se había salvado de nuestra voracidad.

Nunca hubiéramos llegado por nuestros propios medios a la entrada del Resort y mucho menos al área de recepción, pero los buenos oficios de Daniel, experto en vuelo sin visibilidad, permitió que aterrizáramos sin mayores contratiempos. Esta terminología aeronáutica quizá este asociada a la presencia entre los expedicionarios de Joaquín -comandante de Iberia- que más tarde me proporcionaría escalofriantes datos sobre las posibles causas que llevaron recientemente a un avión de Air France al fondo del océano. 

Eran las dos de la mañana cuando Matamorón y yo llegábamos a nuestro destino, un apartamento que compartíamos con Javier y señora. Ellos, claro, habían ocupado la habitación matrimonial, mientras nosotros teníamos reservada la de los niños. “Peter” no cabía en la cama ni de medio lado, y yo tuve que poner un suplemento al pie de la misma para apoyar las piernas. En medio de un monólogo desesperado, Matamorón se dispuso a darse una ducha para combatir el calor de la noche y los sudores de su enconada pelea con los cuatro pedales. Fue una ducha fallida por la simple razón de que nunca pudo situarse bajo la alcachofa; las mamparas dejaban un exiguo pasillo de entrada que “Peter” nunca consiguió atravesar. Entre juramentos,  irreproducibles trató de acomodarse en la cama pero tampoco encontraba postura, así que, con su proverbial resolución, cogió una sábana y se trasladó al sofá del salón dispuesto a pasar allí la noche. En el salón hacía un frío polar, el aire acondicionado lo había convertido en una nevera; pensé que Pedro nunca despertaría, o, en el mejor de los casos, que dejaría allí su más preciado don: la voz.

Y mientras tanto, un par de coralistas, vecinas ellas, decidieron, según se supo luego, sumergirse sigilosamente en las aguas de la piscina ajenas por completo al drama que vivíamos Pedro Matamorón y yo.

                                         

*  *  *

 

Me desperté temprano, “Peter” estaba acurrucado en el sofá en la misma postura en que lo dejé. Me temí lo peor, pero pensé que si había sucedido lo irremediable era inútil intentar despertarle y, si afortunadamente no era así, que lo mejor sería respetar su sueño. Total, que bajé a la piscina, me eché en una tumbona y esperé algún signo de vida del grupo expedicionario. Pero nada, sólo se oían los moscones, o el moscón, porque un coralista, creo que fue Rafa, esbozó la teoría de que no es que hubiera muchos moscones sino que cada uno teníamos el nuestro, siempre el mismo, que no nos dejaba ni a sol ni a sombra. De pronto reparé en una ventana abierta en la que parecían oírse una conversación. Me aproxime al pie de la misma pero no se entendía ni siquiera el idioma en que hablaban. Entoné suavemente, a modo de cómplice contraseña, el “la la la la” de “La reina del placer”, pero nada, no hubo respuesta. Entonces, en un osado gesto, sin duda desesperado, cogí una pequeña pelotita de plástico y la lancé sobre la ventana. Mientras la pelota volaba por el aire recuperé la razón, caí en la cuenta de mi atrevimiento y de un salto me escondí en un portal a salvo de sus posibles miradas. No sé si se asomaron o no, pero luego supe que afortunadamente era la habitación de las sirenas nocturnas, que terminaron por decirme, así con cierto tonillo, que en lugar de dedicarme a tirar pelotitas por las ventanas, podía haber tirado los tejos directamente.

El sol ya se había elevado lo suficiente para mostrar la grandeza de un paisaje esplendoroso, para contemplar las atractivas instalaciones del Resort, su cuidado campo de golf. Y claro, poco a poco terminamos encontrándonos todos en el comedor donde nos ofrecieron un desayuno que colmaba las aspiraciones del más exigente. En ese ambiente vacacional no faltaban las preocupaciones, claro. Ninfa se había quedado sin pilas en su cámara fotográfica y eso limitaba su afanes reporteriles; Paula se mostraba un tanto reconcentrada en sus ejercicios de “diafragmaterapia”. Yo estaba inquieto por los efectos del gélido aire acondicionado sobre la salud de “Peter” -que al fin había despertado- hasta que le vi con qué apetito se sirvió un generoso menú coronado con una ración de “frijolitos”. Estábamos convocados a la hora del Ángelus para el primer ensayo. Nos quedaban dos horas libre, así que, decidimos ir a la playa.

Anduvimos un rato de acá para allá desandando el camino de la noche anterior, que nos llevaba hasta el agua y, mira tú por donde, la salida del  laberinto nos dejó directamente en la playa de Vera. La mar estaba brava pero eso no impidió que Chus e Inés hicieran frente a las olas con una determinación envidiable. “Peter” se mostraba preocupado porque al parecer, un socorrista –no sé en qué se basó para otorgarle ese calificativo pues ni siquiera llevaba un lazo de color rojo que lo identificara- le había advertido sobre el peligro de la resaca, la del mar supongo. Pero todo terminó felizmente y pudimos iniciar el regreso al Resort.

Allí estaban otros componentes de la expedición, de muy distinta procedencia, Cristina, Bárbara, Alicia, Karmentxu, Clara, Felipe, Jesús, Juan, la mayoría con un aspecto relajado, estupendo, propio de las vacaciones. También estaba nuestra directora, claro, Mari Ángeles Calahorra, que previamente se había encargado de buscar un lugar al aire libre donde poder ensayar. Mari Ángeles nos colocó de manera conveniente, modificó la posición de algunas piezas, seguramente con la creencia de que el orden de los factores sí altera el producto, movió su mano ejecutora y los bajos iniciaron el primer tema. Entonar aquello de “Me-e voy a ultramaar...” y salir volando de estampida una bandada de pájaros que dormitaba en los cactus, fue todo uno. Yo al principio me inquieté pero luego me explicaron que no, que simplemente es que no estaban acostumbrados a ese tipo de sonidos, por bellos que fueran. De los pocos golfistas que pisaban los silencioso greenes no tenemos noticia, pero no sería de extrañar que muchos pensaran que esa noche habría que tener más cuidado con el alcohol. Y así, poco a poco, fuimos dando los últimos toques a nuestro repertorio que Mari Ángeles, tras poner el énfasis en la importancia de la concentración, dio por bueno, no sé si convencida, o por temor a que se pasara el arroz que nos estaba esperando en “Casa Paco”, un restaurante frente al mar previamente apalabrado.

Y, tras la comida, otra vez de vuelta al Resort a tratar de disipar los efectos de la sangría, porque estábamos convocados de nuevo a las seis y media para acudir al

escenario del Certamen a realizar la prueba de sonido. Ahora ya estábamos todos, se habían incorporado,

Maria Antonia y Blanca que se mostraban espléndidas, con ese aspecto de veraneantes, fresco y lozano, que salen de paseo a media tarde después de una mañana de playa. También estaba Zaida, siempre tan discreta, como Jose Luis también discreto, a pesar de ser tenor. Habíamos llegado todos pero sin embargo faltaba Pilar, víctima de algún trastorno estomacal derivado

probablemente de algún mejillón traicionero de la cena.

Mientras atravesábamos de nuevo en la “fragoneta” el desierto que nos separaba del mar, alguien propuso parar y llevarnos una sandía de aquellos ásperos campos, pero otra voz por la parte de atrás dijo que ¡ojito! que lo mismo nos pegaban un tiro. Y entonces decidimos que mejor dejarlo para después de la actuación, cuando ya no importaba que se rompiera el equilibrio de las cuerdas.

El lugar de la actuación, el puerto de la Esperanza, era realmente eso que se conoce como “marco incomparable”. Bueno, al menos muy adecuado para el arranque de nuestra actuación. El decorado se confundía con el entorno, con el mar, con barquitas de pescadores y redes marineras, con unas olas, ahora de cartón, y el suelo atrezado con unos paños de encrespados azules evocando el oleaje. No faltaban los salvavidas que, en aquel inquietante contexto, siempre daban una cierta seguridad. Todos esperábamos con ansia que Mari Ángeles diera la entrada a los bajos para escuchar allí, al borde del agua, con el murmullo de las olas acompañando nuestras voces, con el mar inmenso como fondo, nuestra primera frase: “Me-e voy a ultramaaar” y contestarles el resto aquello tan sentido de “La, la, la, laaa”. Y así lo hicimos, pero curiosamente, en ese mismo tema, una avispa vino a sustituir a mi moscón, justo antes de decir aquello de “Ay, quien te adora soy yo”... que no, que no es una broma forzada, que sucedió así, que la vida tiene estas cosas, que las carga el diablo, que Mari Ángeles desde su posición no es consciente muchas veces de estas eventualidades, que a ver quien lo hace bonito y redondo con la avispa merodeando por la boca. Así que solté un “Ay” poco convincente, lo reconozco, con la esperanza de que el perturbador insecto cediera pronto su sitio a mi particular moscón y todo volviera ser como antes.

A pesar de este nimio incidente las pruebas transcurrieron con normalidad; hacía viento y eso era una dificultad para la toma de sonido, pero ante eso poco podíamos hacer salvo cruzar los dedos. En este ensayo, eso sí, se produjo una variante nueva en el posicionamiento de las cuerdas. La novedad residía en que los tenores, altos y bajos, debíamos intercambiar nuestras posiciones, solamente en el tercer tema, para que nuestras compañeras contraltos no perdieran la referencia acústica a la que estaban acostumbradas. Musicalmente no era un cambio arriesgado pero sí en lo funcional, en moverse por el estrecho pasillo del tablado, lleno de paños-olas en las que podía uno engancharse y naufragar.

Y vuelta otra vez hacia el Resort  a ponernos aún más guapos y bajar de nuevo, ya para la actuación. La troupe coral formaba una caravana de seis o siete vehículos. Vista así de lejos atravesando aquel secarral, todos en rigurosa fila, formaba una imagen curiosa y no sé por qué pensé en la llegada de los americanos a  Villar del Río en “Bienvenido Mister Marshall”.

 

Pero nosotros no pasamos de largo, una vez arreglados nos encaminamos al Puerto de la Esperanza dispuestos a dar la cara. Las mariposas aleteaban inquietas en nuestro estómago mientras repasábamos esa nota esquiva, que no acabábamos de colocar en su sitio. Bueno, “Peter” bastante tenía con poner orden en la “fragoneta”; que una cosa es pelear con un coche de cuatro pedales, o con un freno de mano en el lado izquierdo –allí decía Pedro que estaba- y otra es atender los requerimientos, ejem, de cinco o seis pasajeras, que a veces, teníamos invitadas para animar más el cotarro. Y un detalle importante, Pilar, brava ella, se había reintegrado felizmente al grupo, recuperada de su dolencia gástrica y dispuesta, pese a todo, a comerse el mundo

Los alrededores del escenario, una hora antes del espectáculo, estaban animadillos, pero teníamos dudas sobre si se habrían excedido en la dotación de sillas. Muchos espectadores lucían sus mejores galas, con una prestancia que ya quisiéramos ver en la Ópera madrileña. Las otras dos corales con las que compartíamos cartel habían llegado también, por cierto, elegantemente uniformadas, mientras Ninfa aprovechaba los últimos rayos de luz para completar su prometedor reportaje fotográfico.

Se había hecho de noche y aquello no tenía visos de comenzar, pero nadie se inquietaba, los más viejos del lugar nos decían que siempre empezaban a las once, es decir, una hora más tarde de lo anunciado.  El patio de butacas, iluminado por unas enormes antorchas de fuego artificial, se había llenado casi por completo. Poco a poco, nos fuimos situando en el backstage, bueno, detrás del escenario, sobre todo porque nos habían traído unas bolsas de comida para calmar, quizá, a las inquietas mariposas. Y como suele suceder en estos caso, bastó con que diéramos el primer bocado al queso y al jamón para que el acto comenzara.

No le faltó al Certamen su cumplida ceremonia de presentación, en la que hubo proyecciones de video, discursos, y entrega de placas, la primera placa que recibe el Coro de la APM, una figura que, en la distancia, parecía de bronce pero que, como se verá, era de un material mucho más frágil.

Salimos al escenario muy ordenados, con disciplina, todos con la carpeta en la mano izquierda, todos esperando un leve gesto de nuestra directora para abrirlas al unísono. Y ahora  sí, ahora de verdad, abordaron los bajos las primeras notas de “La reina del placer” “Me-e voy a ultramaaar...”, mientras una ola rompía a nuestra espalda en un cercano acantilado. A partir de ese momento quedamos envueltos en una nube que nos aislaba del mundo, sin una perspectiva clara de lo que estaba sucediendo. Sé que cantamos, o lo intentamos, muy suave, muy dulce, porque Mari Ángeles así lo había pedido; muy concentrados, pendientes de todos sus gestos, porque también nos había insistido en ello. Y así, como si estuviéramos fuera del tiempo y el espacio, fuimos desgranando el repertorio previsto “Se equivocó la paloma”, “La golondrina”. Ahí, Mari Ángeles se dirigió al público para anunciarles un leve cambio, interpretaríamos primero el “Abecedario” en honor de la profesión periodística. A esas alturas del concierto, yo tenía buenas vibraciones, estaba cómodo, bien, y esta impresión se acentuó especialmente en el último tema, ese emotivo “Signore delle cime” en el que sentí escalofrío.

Un fuerte aplauso rompió la burbuja, e iniciamos, de nuevo, una disciplinada salida. Cada coralista había vivido una íntima e irrepetible experiencia, cada uno tenía su particular percepción de las cosas, pero era una evaluación necesariamente parcial, faltaba la opinión más importante, la de Mari Ángeles, había que esperar su dictamen.

A continuación, intervino la Coral “Instituto Padre Manjón” una joven formación granadina que tuvo una actuación muy simpática aderezada con una innovadora coreografía. Pero lo que, al parecer dejó más huella entre nuestros coralistas, fue el manejo del diapasón de su bella directora, Encarnación Rodríguez, la gracia con la que lo guardaba en su, digamos, generoso escote.

De la actuación del tercer y último grupo, el Orfeón “Tomás Luis de Vitoria” de la almeriense localidad de Cuevas de Almanzora, poco podemos decir porque medio Coro de la APM andaba cuerpo a tierra buscando los trozos de la figura que nos habían entregado y que había terminado estrellándose contra el suelo. Creo que los encontramos todos, y estoy seguro de que Daniel hará un trabajo de orfebrería para recomponerla y que luzca en esa vitrina que ya deben estar construyendo en la sede de nuestra Asociación.

Un castillo de fuegos artificiales puso fin a la fiesta, o quizá marcó el comienzo de la verdadera, porque cuando estalló el último cohete ya estábamos instalados en un chiringuito del puerto dispuestos a cualquier cosa. Mari Ángeles estaba contenta y eso ponía luz verde al semáforo de la celebración.

Ahí el Coro se desmelenó, libre de ataduras académicas dio rienda suelta a su racial temperamento para explorar el acervo musical del país e incluso del mundo mundial. Entre bandejas de jamón regadas con caldos de muy diverso octanaje comenzamos un largo recorrido en el que se tocaron todos los palos: canción española, zarzuela, ópera incluso, canción italiana ¡cómo no! y, claro, lo más granado de nuestro repertorio, que allí sonaba como nunca. La gente se aproximaba tímidamente, primero, para terminar integrándose en el ya gigantesco orfeón, al que Mari Ángeles, diapasón en mano, trataba de poner a tono. La temperatura de la fiesta subía sin cesar, a cada actuación sucedía otra que la superaba, y, así, poco a poco, empezaron las creaciones individuales que descubrieron el enorme potencial que atesora el grupo. Abrió el fuego Laureano con una sentida “asturianada” en la que dejó constancia de su poderío vocal; lo que dio pie a Felipe para marcar territorio con un tema que no hubiera mejorado la desaparecida Rocío Jurado; José Luis sacó una flauta de su chistera y nos ofreció, arropado por el Coro, una personal versión de “La reina del placer”; luego fue Paula quien hizo una demostración de su dominio del folclore mexicano; y Merche tuvo que hacer un bis después de su sorprendente y divertida interpretación de una sevillana con acento de Hospitalet. Pero donde la fiesta alcanzó unas cotas inenarrables fue con la actuación de Karmentxu Marín, Carmen de España y olé que pasará a los anales de la carpetovetónica copla. Ataviada con peineta y flor virtuales, pero con abanico real, arrancó vítores de entusiasmo de un público enardecido y entregado ante la genial interpretación, acompañamiento incluido, del “Romance de la Reina Mercedes”.    “ Te vas camino del cielooo, sin un hijo que te heredeeee, España viste de duelo y el Rey no tiene consuelo María de las Merceedeeees”. Chun ta chun ta chun ta chun ta chun... Sublime.

A partir de aquel momento la noche entró en el delirio, todo lo que sucedió después permanece en la difusa frontera entre lo real y lo imaginado. Nosotros, los de la “fragoneta”, nos retiramos a las tres de la mañana porque Pilar, la pobre, convaleciente de su trastorno estomacal, bastante había hecho con mantener el tipo hasta entonces. La noche era negra, muy negra, y el vehículo recorría aquel camino sinuoso que nos llevaba al Resort. De pronto, cuando negociábamos una doble curva, las luces del coche se apagaron, ¿sería el cuarto pedal? y quedamos sumidos en las tinieblas más profundas. Me protegí la cabeza con las manos, mientras el corazón amenazaba con salirse del pecho. Tras un tiempo impreciso, entre un segundo y una eternidad, las luces volvieron a encenderse. Entonces, Matamorón con voz asustada pero pretendidamente serena me dijo:

¿Has visto?

Y yo, no sé cómo acerté a contestarle:

Hombre, ver lo que se dice ver, la verdad es que no he visto mucho.

*   *   *

Después de aquel subidón de adrenalina, ya en la habitación, caí en una especie de duermevela, un extraño letargo, del que me sacaron al amanecer unos disparos. Primero creí que era una pesadilla, pero los tiros continuaban cada vez más cerca, y entonces pensé que venían a por nosotros; y me extrañó, porque Mari Ángeles había quedado contenta de nuestra actuación. Luego me explicarían que eran cazadores, y me contaron otras cosas de difícil verificación. Y es que, al parecer, esa noche, casi de madrugada, se vio a un apuesto y atractivo miembro del coro –me apresuro a señalar que no era yo- en actitud de meterse en la piscina. Fueron varios los ojos femeninos que contemplaban expectantes la escena, y las que no lo habían hecho comentaron compungidas ¡qué lastima! Circulan versiones muy variadas sobre el desenlace de la inmersión pero, teniendo en cuenta que el día, a pesar de que el mar estaba en calma, había amanecido con resaca, dichas versiones no ofrecen la menor credibilidad. Y con esta sensación de irrealidad abordamos el tren que habría de llevarnos a casa. A la altura de Albacete una compañera de viaje me preguntó de pronto si yo me mareaba con la marcha atrás... ¡¿?!...  Así que le pedí a la compañera de enfrente que me dejara su asiento; me acomodé media horita; y le contesté que no.

Ante tanto desvarío pensé que lo mejor era continuar durmiendo; cuando me desperté estábamos ya en Atocha y alguien me dijo que Contador había ganado la etapa del Tour, pero ya no me creía nada.

                                                                          (20-7-09)

 

 

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