FIN DE CURSO 2011 

                                                Por Juanjo Mardones. Tenor del Coro de la APM

Si apuntábamos al calor como causante de los desvaríos que se empezaron a producir en la última comida del Coro, en esta ocasión no podía apelarse al mismo argumento porque el verano, pasado ya el ecuador del mes de julio, no acababa de entrar en Madrid. Es cierto que el ensayo se presentaba con un carácter especial, por tratarse del último de la temporada y porque a esas alturas del verano no cabía esperar mucha asistencia. Lo afrontábamos con una cierta relajación porque tan solo pretendíamos preparar un evento casi familiar: el bautizo de los gemelos de nuestra compañera Carmen Vila.

La naturaleza particular del encuentro se reforzó con la presencia de la propia Carmen, tanto tiempo ausente a causa de su maternidad, y sobre todo con la de Mike y Nick que dormían por turnos con envidiable placidez. La tarde se presentaba, como decíamos, distinta, entre otras cosas porque Chus, dolorida a causa de un misterioso accidente, no podría cantar ni alegrarnos con su sonrisa.

A pesar de ese carácter especial, una primera mirada a la escueta formación musical parecía indicar, por otro lado, que todo transcurría con normalidad, pues a Rafa se le había desbaratado como siempre la carpeta de partituras y andaba afanado en su imposible recomposición. Cabe pensar que, en esta ocasión, se tratara de una maniobra dilatoria para dar tiempo a que llegaran refuerzos pues defendía en solitario la cuerda de los bajos; lo mismo que hacía Merche, pundonorosa, con la de contraltos.

 

 

Jae Sik  parecía tener calor, decía que cuando el Coro no afinaba como es debido le entraban sudores fríos; y aquella tarde tuvo que recurrir más de una vez a un pay pay coreano para aliviar el sofoco.

Jae Sik  parecía tener calor, decía que cuando el Coro no afinaba como es debido le entraban sudores fríos; y aquella tarde tuvo que recurrir más de una vez a un pay pay coreano para aliviar el sofoco.

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 En el fondo no era de extrañar que con el curso ya acabado y ante una actuación de tan discreta exigencia el Coro mostrara aquella imagen de desolación. Jae Sik decidió empezar a calentar con lo que había. Nai nai nai nai naiiiiiiiii. Todos mirábamos expectantes la reacción de los gemelos pero estos ni se inmutaron, ni el que dormía ni el que vigilaba, lo que nos hizo pensar en que, a pesar de todo, aquello no sonaba tan mal.

Y con tan exiguas cartas comenzamos el ensayo. Jae Sik nos hizo regresar a nuestros orígenes, al iniciático  Canticorum con el que empezamos la actividad coral tres años atrás. Junto a Rafa se había situado José Luis, el tenor, todavía no sé si para equilibrar un poco las cuerdas o para ayudarle a colocar las partituras.

Atacábamos ya el Sanctus, la segunda obra prevista para el bautizo cuando la puerta del aula se abrió de improviso y surgió María Antonia, rutilante, atravesando el aula con una triunfal sonrisa que arrancó de manera unánime una ovación de prima donna. Merche ya no estaba sola.

Poco a poco llegaron nuevos refuerzos, mientras Jae Sik intentaba repasar la tercera obra bautismal, el Hallelujah de Purcell. No era fácil empezar, no, porque una de las singularidades de este Coro es que siempre planteaba sus dudas, sus preguntas, cuando el director había marcado el compás y se disponía a dar la entrada;

era una peculiaridad que le daba carácter.

A pesar de que la temperatura era benigna, Jae Sik  parecía tener calor, decía que cuando el Coro no afinaba como es debido le entraban sudores fríos; y aquella tarde tuvo que recurrir más de una vez a un pay pay coreano para aliviar el sofoco. Era un pay pay con los colores de la bandera de la República que Jae Sik  mostraba inocente haciendo hincapié en la coincidencia con el rojo y gualda de la bandera española. Un asunto delicado, máxime en aquellas fechas en que se conmemoraba el 75 aniversario del comienzo de la guerra civil. 

.La sala de ensayo era un aula de la Escuela de Ingenieros, pero aquella tarde parecía un escenario teatral por las oportunas entradas y salidas a través de aquella puerta que, por su insólito tráfico, parecía más propia de una comedia de enredo. Apenas habíamos entonado las primeras notas de la Misa de Gounod cuando de pronto entró decidido un señor circunspecto que bien podía haber sido un empleado de la Escuela, pero que finalmente resultó ser un invitado al ensayo. Ante la expectación general, se sentó prudente y silencioso dispuesto, al parecer, a contemplar el espectáculo que se ofrecía. Y vaya si se le ofreció, porque un instante después, Javier se golpeaba la cabeza contra una ventana haciéndonos temer a todos por su integridad neuronal. Intervino entonces Inés, muy profesional, y se lo llevo en busca de un poco de agua fresca con que aliviarle. Ocasión que aprovechó Jae Sik para echarnos en cara que él también se había caído al comienzo de la clase y que nadie le había hecho ni puñetero caso dijo.

El tratamiento de Inés parece que surtió efecto porque unos minutos después regresaban con cara de felicidad, especialmente Javier que lucía una sonrisa de tipo alucinógeno, mientras sobre su cabeza flotaban estrellitas de todos los colores. El invitado preguntaba que cuándo teníamos el siguiente ensayo, y antes de que obtuviera una respuesta asomó por la puerta Jesús, el tenor dulce, que, ajeno por completo al drama que estábamos viviendo, no podía entender el origen de la carcajada general que provocó su aparición.

En este clima de tensa euforia, mientras Jae Sik esperaba para darnos la entrada, Bejarano se animó a contarnos un chiste. Y fue entonces cuando Jae Sik, dándose aire con el pay pay republicano, dijo que ya era suficiente y que nos marchábamos a las ocho y media. Rafa había aprovechado la pausa para recoger las últimas partituras que aún quedaban por el suelo y Mike, el gemelo que estaba despierto, emitió unos sonidos que algunos interpretaron como señal inequívoca de una precoz vocación por el canto que apuntalaba el futuro del Coro. Bueno, en realidad no teníamos la certeza de si fue Mike o Nick el que emitió el sonido, pero seguro que cuando el otro se despertase daría muestras de similares inclinaciones.

Cuando me volví hacia la fila de atrás para despedirme de los compañeros me encontré allí, como de sorpresa, a Pedro Matamorón al que no se le había oído una palabra en toda la tarde, y eso sí que era un suceso extraordinario. Todos salimos a la calle, como si despertáramos de una pesadilla, y nos encaminamos a la cervecería habitual pensando más que nada en sus descomunales tortillas.

                                                                                           (21de julio de 2011)

 

 

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