EL DÍA DE LA GLORIA

                                                                Por Luis Peiro. Tenor del Coro de la APM

 

Lo primero que me pareció  es que se trataba de un tic nervioso. Jae Sik  se había girado hacia el público e iniciaba una protocolaria reverencia de agradecimiento mientras resonaban en la capilla los aplausos, inmediatamente después del fortissimo final de “Don Manolito”.  Todos permanecíamos inmóviles y sonrientes con las carpetas negras de las partituras abiertas en las manos. Los  tenores y los bajos nos preparábamos para el piano, “¿Me hace usté el favor…?”, que inicia “La Chulapona”, la obra que interpretaríamos a continuación. Sin saber muy bien por qué fijé la vista en una anciana que ocupaba una  silla de ruedas de la primera fila. Observé que mantenía una total inmovilidad. Sus manos, la derecha sobre la izquierda, reposaban sobre su regazo. Pero de vez en cuando, al menos pude contar tres veces,  su muñeca derecha   levantaba apenas unos centímetros la palma de la mano para hacerla caer sobre el dorso de la mano izquierda. Volví de nuevo  al lío porque el Maestro se había vuelto de nuevo  hacia el coro  y  reclamaba de nuevo  toda nuestra atención. Del  piano de Kim empezaban ya a brotar los primeros compases del chotis de Moreno Torroba.

 

La anciana de la silla de ruedas de la primera fila permanecía aparentemente tan impasible como antes, con la mirada perdida vaya usted a saber dónde y con una serena expresión en su rostro que se me antojó enigmática e indescifrable".

 

Luego hicimos de majas y tiples, y, de estudiantes y tenores, en el preludio de “El Barberillo de Lavapiés” para entrar de lleno, poco después, en la partitura de Barbieri, con el “Aunque soy de la Mancha…” de la zarzuela de “Pan y Toros”. El público, más bien metido en la tercera edad, seguía complacido nuestro concierto. Cuando el último “¡Olé y olá!” había dejado exhaustos nuestros diafragmas Jae Sik decidió que era el momento de que el respetable ovacionara al grupo y se trasladó a su izquierda para colocarse junto a la primera de las contraltos y señalar a todo el Coro extendiendo su brazo derecho. A una de sus señas  los coristas nos vimos obligados a saludar haciendo esa inclinación de torso y cabeza hacia adelante que tan mal  nos sale: con alguna suerte lográbamos iniciarla todos a la vez pero a distinta velocidad, que en esto los años tienen mucho que decir, con lo que la bajada de unas y unos cuantos se veía descompensada con la de los otros y, aún peor, al ir recuperando la verticalidad el acordeón se deshacía por todos lados pues algunas subidas coincidían con el final de la bajada de los otros. Vamos que el estimable empaste que se había producido entre las voces no se daba para nada en el movimiento de los cuerpos. Dando por perdida la prueba de gimnasia rítmica decidí volver a fijarme en el público de la primera fila porque la fugaz imagen de antes se me había quedado alojada en algún extraño lugar de mi cabeza y debió ser que reclamaba mayor precisión. Fue durante unos de esos caóticos sube y baja. Reconozco que aproveché  una de las pocas ventajas que tenemos alguna vez los tenores, que disfrutamos de mejor visión cenital  al cantar a pie de altar y por encima de las cabezas muy bien peinadas de nuestras imponentes sopranos que están, al menos por una vez y aunque solo sea por colocación, por debajo nosotros. La anciana de la silla de ruedas de la primera fila permanecía aparentemente tan impasible como antes, con la mirada perdida vaya usted a saber dónde y con una serena expresión en su rostro que se me antojó enigmática e indescifrable. Pero los dedos de su mano derecha parecían tener vida propia, sometidos también a un  peculiar movimiento ascendente y descendente. Unidos lateralmente los unos con los otros, como si formaran una manopla, subían y bajaban muy lentamente, apenas un palmo, usando la muñeca a manera de bisagra hasta que, al caer, conseguían unos pequeños toquecitos sobre el dorso de su mano izquierda. Y así una y otra vez. Estoy seguro de que Chus, nuestra soprano y profesora, que cantaba justo delante de mí, se dió perfectamente cuenta de que entré tarde en el quinto compás de “Don Gil de Alcalá”, la habanera del maestro Penellla con la que continuábamos el repertorio a interpretar aquella tarde en el Hospital de San Rafael.

 

 Nunca me lo recriminó y bien que se lo agradezco.Una y otra vez nos ha querido enseñar que cuando estas cantando la garganta es solo un tubo por el que simplemente pasa el aire. Pero de lo que yo no me enteré bien nunca es qué diablos se puede hacer si se te hace un  nudo en la garganta, que es lo que entonces me ocurrió  y no encuentras la manera de lograr que por esa cañería atascada circule casi ni el aliento. Fue un  momento fatal de súbita afonía pero a la vez de enorme emoción.  Comprendí que, a su manera y a duras penas, la anciana de la silla de ruedas de la primera fila intentaba comunicarse de esa manera con nosotros para transmitirnos su aprobación y su contento. Aquellos levísimos y casi imperceptibles movimientos de mano sin duda la estaban obligando a hacer acopio de una energía de la que no andaba muy sobrada. Y pensé que jamás en mi vida nadie me había regalado un aplauso tan hermoso, ni tan siquiera los distinguidos miembros de la clác que de forma tan desinteresada como vehemente nos acompaña de vez en cuando llenando huecos en auditorios, hay que reconocerlo, no siempre tan abarrotados como debieran.

Me costó acabar ese concierto, que como era habitual en aquellos encuentros, finalizamos con un bis y a golpe de agudo pretendiendo provocar el apoteosis, con el fortissimo “¡…vi-to-vi-to-vaaaaaaaa!” Ya sé que nuestras admiradas divas y respetados divos saben dominar perfectamente sus emociones y utilizarlas teatralmente a beneficio propio para añadir dramatismo a la escena. Pero para quienes aporreamos los pentagramas intentando disciplinar nuestros indómitos diafragmas basta cualquier cosita, y no es asunto menor que se te ponga la piel de gallina con el aplauso de una anciana enferma, para que, pongo por caso, un calderón se te vaya al limbo o se te escape un portamento en cualquier compás. Por no imaginar el carajal que puedes montar en un pis-pas confundiendo las  blancas y las negras o engullendo glotón  unos  cuantos silencios corcheas.

No sé muy bien como logré bajar los dos o tres escalones o si rompí indisciplinado la fila de bajos y tenores que debe de seguir ordenadamente a la de contraltos y sopranos cuando abandonamos los escenarios. Lo cierto es que me encontré de repente ante la anciana de la silla de ruedas de la primera fila. Mientras sus ojos me miraban bondadosos se dirigió con un leve movimiento de cabeza a la jovencísima mulata que la había cuidado todo el rato que duró el concierto:

---“Esto debe ser como estar en la gloria, ¿no?”

No supe que decirle y la cogí las manos, aquellas que nos habían dispensado aquella casi inaudible pero para mí estruendosa ovación. Su cuidadora le dió un beso en la mejilla mientras empujaba delicadamente la silla de ruedas que devolvería a su jefa a la habitación que ocupaba en el hospital.

Nunca me había sentido tan  eufórico tras una actuación. Me pasé varios días dando la vara a todo el que se dejaba repitiendo la anécdota. A la devota consideración de aquella señora sobre la gloria divina correspondía yo con un agnóstico estado de casi levitación, eso que llaman tocar el cielo con la punta de los dedos. No dejaba de teorizar sobre la capacidad de la música para transmitir mágicamente sentimientos, sensaciones y recuerdos. Para transportar a los espíritus más atribulados a otros mundos de gozo y disfrute sublimes. Y claro, ahí estaba yo con mis compañeras y compañeros como exquisitos intérpretes de  aquella catarata de delicados sonidos. Esta afición que me viene tan bien para pasar ratos estupendos, gracias a la benevolencia de mis compañeros, maestro y profesora, servía también para entretener y hacer feliz por un rato a mucha gente necesitada de atención y de cariño. Habíamos hecho realidad el sueño que daba sentido a lo que llamábamos nuestros conciertos solidarios. Sin duda que me pasé de pesado unos cuantos pueblos. Y como era de temer llegó el día.  Un muy buen amigo se encargó de bajarme de la nube:

--- “¿Te fijaste si la señora llevaba puestos sus audífonos?”

                                                                   Mayo de 2015.

 

 

 

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